Celia en la revolución (Elena Fortún)

Hace poco tiempo, mientras paseaba con mi familia un domingo por la mañana, mi madre me dio un discreto codazo y me susurró: “mira, ésa es la que llevaba todo lo de la Sección Femenina aquí”. Este comentario me hizo preguntarme cuántas otras personas que habían detentado modestas parcelas de poder durante el franquismo se hallaban en esos momentos camufladas entre el gentío.
Mi madre ha sido una ávida lectora de las historia de Celia en su niñez, y conserva los libros con cariño, junto con su colección de Antoñita la Fantástica. Muy probablemente el personaje de Celia sea más conocido hoy en día por la adaptación televisiva que se realizó con los guiones de la novelista Carmen Martín Gaite, otra forofa que escribió también estudios sobre Elena Fortún, su creadora. La serie televisiva recrea un mundo de clase media acomodada y de ideología abierta y liberal, pero imprecisa. Si bien no sabríamos determinar exactamente a qué partido político hubiese pertenecido el padre de Celia, el inicio de Celia en la revolución lo revela herido y convaleciente tras haber combatido en el frente de Madrid. Esa dicotomía entre la buena posición socioeconómica, y el compromiso con la defensa de la República, convierte a Celia en un interesantísimo testigo y protagonista de la guerra civil española.
Cuando Celia regresa a Madrid furtivamente desde Segovia tras el 18 de julio de 1936, para cuidar de su padre, registra en su relato su sorpresa de ver las calles de Madrid descuidadas y llenas de gente mal vestida, como si los ricos que tan bien se acicalaban habitualmente hubiesen desaparecido para quizás camuflarse también entre lo que Celia llama “el pueblo”. Ella misma, que además de ocuparse de su padre ayuda en un hogar infantil para huérfanos y refugiados de guerra, se ve transformada de “señorita” en “camarada”. Aunque tiene el buen juicio de callar, le molesta que los milicianos hayan sacado las butacas nobles a la puerta del palacete donde se ha instalado el hogar infantil, para instalarse en ellas mientras hacen guardia.
Resulta a su vez revelador que, cuando el padre de Celia sale del hospital y la familia vuelve a vivir en su chalé de Chamartín, la muchacha disfruta desmedidamente de sus muebles, alfombras y recuerdos personales, limpiándolo todo minuciosamente. Inevitablemente los bombardeos y los refugiados terminan llegando hasta las puertas del chalé, y Celia no puede esconder su fastidio al ver su preciosa casa pisoteada e invadida por gentes extrañas y malolientes:
“Nuestra casa primorosa se ha convertido en un campamento. He cubierto los divanes y butacas con sábanas, he recogido las alfombras y entre Guadalupe y yo hemos quitado visillos y colgaduras.
¡Huele mal la casa! Este hacinamiento de gentes que duermen vestidas produce un olor rancio y repugnante. (…)
Yo procuro inhibirme de todo esto que me produce un dolor sordo sobre la amargura del ambiente…” (Fortún, 2014, IX)
Y sin embargo, a medida de que la situación empeora, Celia se avergüenza de un egoísmo que, a pesar de todo, nunca le había hecho plantearse cerrar su casa a los refugiados: “Mi casita, limpia y arreglada, con alfombras, tapices y cortinas, me parece ya un pecado entre tanta miseria…” (Fortún, 2014, IX).
Las penurias sufridas durante la guerra civil española y la posguerra, desde el hambre y los bombardeos hasta los fusilamientos, han sido estudiados y novelados a posteriori, pero testimonios inmediatos como Celia en la revolución en Madrid, Valencia y Barcelona, o Doy fe (Antonio Ruiz Vilaplana) en Burgos no pueden dejar de conmovernos de una manera diferente: aquí está cristalizado lo que se vivió de verdad. Y es que fueron libros escritos en el momento o poco después (1943, en el caso de Celia en la revolución), y que permanecieron inéditos o se publicaron con muchas dificultades, junto con otros que cita Andrés Trapiello en su introducción.
Como no podía ser de otra manera, el personaje de Celia evoluciona a lo largo del relato, pero sin demarcarse nunca políticamente. En el Madrid de 1936, como ya se ha visto, los ciudadanos de derechas tratan de pasar desapercibidos, como la señora de Orduña, una mujer sorda, que evita salir a la calle y que le dice a Celia durante una visita:
“- ¡Con que han fusilado a Julia y a su hijo! –me dice a voces sin perder su alegría-. Hija, esto es el fin del mundo. (…) Ya pronto entrarán las tropas de Franco y se arreglará todo… Creo que vienen hacia acá. Claro que ellos también van a fusilar en cuanto lleguen… A tu papá, que es un loco como mi hijo Enrique, le fusilarán enseguida, no te quepa duda”. (Fortún, 2014, VI)
Posiblemente Celia en la revolución es una de las pocas novelas de la guerra civil que entrevera notas de humor. Por ejemplo, esta señora, durante esta visita, termina poniéndose pesadísima con unas huelgas que hubo en Salamanca durante la Primera República y que a la jovencísima Celia le parecen antediluvianas.
Este encuentro viene a verse replicado en Valencia, en 1939, cuando Celia se encuentra a punto de embarcar hacia Francia. En una de las despedidas tiene la desilusión de descubrir que, entre un grupo de amigos que la habían ayudado, se camuflaba otra señora de derechas que decide regodearse ante su desdicha y la llama “enemiga”:
“- Sí, tú, mosquita muerta, tú –dice Marcela, riendo-. ¿Es que no eres enemiga de Franco? Pues nosotros somos sus amigos… y mucho más desde que sabemos que va a venir…
Se ríen ante mi cara de asombro”. (Fortún, 2016, XXVIII)
Celia se siente muy defraudada ante estas palabras, y reflexiona así mientras mira la calle por la ventana: “El sol ilumina las aceras por donde pasa la gente, ¡estas aceras y esta gente que ya no veré más…! ¡Y me alegro! Ahora siento alegría de dejar esto… Todos dicen que me quieren, pero aseguran que soy su enemiga, y ellos lo son de mi padre… ¡Mentían antes! ¡Mentían por miedo! El pueblo les fusilaba porque sabía que mentían…”. (Fortún, 2016, XXVIII)
Se trata de un fuerte contraste con la muchacha que siempre había deplorado los fusilamientos que vio en Madrid, y que había rechazado la posibilidad de apuntarse al partido comunista porque para ella lo más importante era la libertad, por ejemplo, la libertad de desear vivir bien y poder disfrutarlo. Y sin embargo, en el relato se constata también el consuelo pragmático de otra amiga, que le recuerda que estas personas “se quedan aquí y tienen que vivir…” (Fortún, 2016, XXVIII).
Este breve análisis da sólo una pequeña muestra de la rica variedad de personajes, ideas y situaciones que Elena Fortún despliega en Celia en la revolución. Si bien puede leerse como un Bildungsroman, asoman en el relato controvertidas posiciones que quizás no hubiesen podido explorarse en obras partidistas: desde el padre de Celia, tan idealista, que le insiste a la muchacha en que no mencione las checas, porque son propaganda franquista, hasta el joven novio, que le explica que, cuando se disponía a fusilar, no era él, no se sentía él mismo. El relato que Elena Fortún hace es lúcido, detallado y descorazonador, y debe constituir una obra muy recomendable para entender la guerra civil española.

Referencia:
Fortún, E. (1987, 2014) Celia en la revolución, [ebook reader], Sevilla, Editorial Renacimiento

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Monumento a las víctimas de la represión franquista en Burgos

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